El abuelo, Carla y los dragones
La ciudad amanece desordenada entre bocinas de coches y autobuses, el tintineo de los intermitentes, ahora a la izquierda, ahora a la derecha, volantazos y frenazos, el golpe seco de las persianas de los locales y el ruido más sutil del otoño en las pisadas sobre las hojas secas de quienes se apresuran a cumplir con la misa dominical.
Como una obra sin guion, vecinos anónimos entran y salen de escena entre el zumbido de las cafeteras de los bares, escribiendo la historia efímera de un instante, el de una ciudad sin timonel. Así era el trayecto que el abuelo de Carla, adormilada aún en el carrito, hacía en 2026: primero el barrio de Belén, luego la avenida de Madrid, huérfana de comercios, casi tanto como la calle Virgen de la Capilla. No había nada memorable en ese recorrido hasta Bernabé Soriano. Solo la intrascendencia de un momento, de un vacío que no pesaba. Todo lo importante, lo que pudiera aferrarse al recuerdo de Carla con el paso de los años, ocurría siempre en otro lugar, por ejemplo en algunos rincones del viejo casco antiguo, donde el olor a azahar y jazmín se levantaba aún arrogante y vanidoso huyendo del hollín del serpenteo de los coches, los nuevos dragones, los nuevos lagartos que dejaban desierta de historia la zona alta Jaén, el sur marchito, pero férreo y acerado, como el abuelo de Carla.

A veces un domingo, o un martes, daba igual, enseñaba a Carla, primero el noble trazado y alzado de La Carrera, luego el Palacio Provincial, donde se ubicara el antiguo convento franciscano, para adentrarse en la calle Campanas, al abrigo de la Catedral. «Mira Carla, aquí estuvo el Palacio Episcopal, y el mesón y la posada de La Parra; y en el palacio había un arco que lo conectaba con la Catedral, que lo usaba Ia reina Isabel La Católica y los obispos para no tener que mezclarse con el pueblo», le contaba el abuelo. Y luego la adentraba por la, antaño, gloriosa calle Maestra hacia Martínez Molina, donde tantos irresponsables hicieron del eje ilustre y señorial que conectara las dos mezquitas, lo viejo y lo nuevo, lo estrecho y lo holgado, el antes y el después, en un estercolero urbanístico salvado por algunos hitos religiosos, los baños árabes, la antigua universidad y el raudal, la cueva del dragón que les ha dado la bienvenida con el pendón de Jaén a esta memoria de Jaén Genuino.
Y así, el abuelo de Carla, le hablaba de la iglesia de la Merced y su barrio, y lo mismo con el de San Juan, y con el de La Magdalena, y del Palacio de Jabalquinto y de los baños moros y del Archivo Histórico y de la Iglesia de Santo Domingo y de las ruinas de San Miguel y de la calle Elvín y de la judería; y de tanta belleza entre escombros…

Veinticinco años después, Carla despertó un sábado cualquiera, tal vez fuera otoño. Desayunó, salió al patio a regar las plantas pero la manguera volvió a hacer de las suyas. Bajó al trastero en busca de otra que recordaba haber guardado y vio la silla en la que su abuelo la llevaba de paseo. Se vistió, preparó una pequeña maleta y cogió el coche camino de Jaén.
Al día siguiente, cuando la ciudad amanecía desordenada entre bocinas y autobuses, el tintineo de los intermitentes de los coches, el golpe seco de las persianas de los locales y el ruido más sutil en las pisadas sobre las hojas secas de quienes se apresuran a cumplir con la misa dominical, cogió del brazo a su abuelo y despacito, primero por el barrio de Belén, luego por la avenida de Madrid, en un recorrido que seguía siendo intrascendente, caminaron hasta llegar al viejo barrio que tanto amaba su abuelo.

Y el olor a azahar y jazmín, sin hollín, despertó la memoria y los recuerdos de ambos. Vieron la residencia de estudiantes en la vieja plaza de Santiago, visitaron el refugio antiaéreo reformado, caminaron por un San Juan sin casas en ruina, lleno de macetas y flores, entraron a la biblioteca de la calle Elvín y descansaron en sus jardines. Luego vieron el museo y el viejo palacio reformado en la iglesia de Santo Domingo y volvieron a descansar en los jardines de la judería, donde tantos años estuviera el solar abandonado.
Y por las mismas calles por las que anduviera el dragón de Jaén asustando a sus gentes, el abuelo de Carla recordó, una vez más, que el pasado tiene futuro, de la mano de Carla, pasado, presente y futuro de la memoria de esta ciudad que vencerá a cuántos dragones precise para recordar que la libertad y la dignidad de muchos trasciende al desprecio y el olvido de algunos.
Raúl Beltrán García.





